• Adriana Romero

Fui infiel y no me di cuenta.



Ha inspirado miles de novelas, libros y películas. Incluso, ha llevado a hombres y a mujeres a cometer crímenes pasionales, y es por eso que en los códigos penales de muchos países existe lo que se llama la ira e intenso dolor. Saber, porque lo descubres, porque te lo cuentan, o a veces porque el o la “culpable” te lo confiesa, es de las situaciones más dolorosas que puede vivir el ser humano. Hay memes, chistes, dichos que se le dicen a la “víctima” que la sufre para ayudarla a sentir mejor, o para animarla a tomar venganza. Nada más útil que el tal “un clavo saca a otro clavo”, que muchos hemos dicho o practicado según el caso. Estoy hablando de la Infidelidad.


En el matrimonio católico, o en algunos otros ritos de unión de pareja, quienes se unen se prometen ser fieles hasta que la muerte los separe. Y hoy, después de varios años de estar casada reconozco que no hay compromiso más lejano al íntimo y profundo amor, que la promesa de ser fiel a otra persona, y mucho peor, hasta que la muerte se encargue de separarnos.


Vamos por partes: reconozco que fallar en el compromiso de ser exclusivo en la relación sexual con alguien, produce un gran sentimiento de dolor y culpa para ambas partes. Soy consciente de que tomar la decisión de compartir la vida y el vínculo sexual solo con una persona, es un camino de unión y de conexión muy poderoso que lleva a que el amor entre dos seres sea mucho más profundo. Pero eso es una cosa, y otra cosa muy diferente es la infidelidad.


Cuando supe que lo que antes llamaba infidelidad se había metido en mi vida de pareja, reconozco que sentí que me moría, fue muy doloroso y fue un hecho que cambió mi vida y mi forma de concebir el amor y las relaciones por completo. Pero después de mucho camino, entendí que nadie nunca nos es infiel, la que fue infiel fui yo, infiel a mis creencias, a mi poder, a mi fuerza interior, a la certeza de la responsabilidad única y exclusiva de crear mi vida y de ser feliz. El problema de la infidelidad es creer que nuestro bienestar está en manos de otro ser humano, es entregarle a otra persona ese derecho, ese poder. Es no hacernos responsables de nuestra propia vida. Y mucho peor cuando culpamos, no solo a nuestra pareja, sino a la otra o al otro que “vino a destruir un hogar”.


Un hogar, una familia, una pareja la destruyen solo las dos personas que la componen, los otros y otras, son solo excusas para no ser capaces de sentarse como adultos a resolver el problema de dos. Y cuando ella o el se van con “el amante o la amante”, de seguro la falla seguirá, pero al lado de una persona diferente. Porque el problema no se resuelve con alguien más, el asunto de la infidelidad, no es sino falta de amor propio. Nada más.


Yo creo que si uno está viviendo una situación compleja de pareja, o si uno es “el otro o la otra”, o si quiere un amante, hay que ser honestos, hablarlo, liberar al otro o a la otra de ese dolor o duda que es solo de uno y no de la pareja. No ser infiel a uno mismo. Ser fiel al amor propio, a la verdad, ser fiel a los propios principios. Yo fui infiel a mí misma durante muchos años y me costó mucho despertar. Pero al hacerlo, me hice libre y liberé a mi pareja. Y fui feliz, o por lo menos, estoy en el camino de serlo.

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2022